
Ella despertó esa mañana sin saber en dónde.
Enfrentó la inercia con una sonrisa.
Abandonó las sábanas calientes y la corriente adictiva de los sueños de rendición.
Sintió el aire de la mañana invitándola a dar el primer paso. Se sintió más ligera. Soltó amarras.
Las cortinas se hincharon con ese aire de libertad que entró por la ventana.
Era el mar en el patio, ese aroma de algas filtrándose entre las cuatro paredes de su rincón.
Esa mujer que un día miraba las olas besar la arena recogiendo caracolas en la orilla tomó impulso y saltó hacia el profundo vacío azul bajo sus pies.
No cayó. Estaba volando.
Un graznido la asustó, no es muy armónico el canto de las gaviotas.
Qué importaba la perfección en ese instante!
Graznó planeando sobre los grises bloques de cemento con sus alas blancas.
Y le parecía la más bella canción que su garganta había entonado nunca.
El cielo se llenó de su presencia.
Sus ojos, abarcando lo insondable, miraban sin temor hacia adelante.
Sin el refugio de su nido arropando el sueño mortal de la desesperanza era libre por fin, haciendo cabriolas en el aire, sin aprender aún a dirigir sus alas, tropezando con ellas, desacompasadamente.
Esa falta de ritmo la hacía reír, subir y bajar sin intención alguna fuera del tablero, del mundo y de su mente.
Pertenecía al viento ahora y a las nubes. Un reducto de amor en el corazón del cielo.
